Encontré una cámara oculta en nuestro Airbnb. La respuesta escalofriante del anfitrión cambió para siempre mi perspectiva sobre la seguridad en los viajes.

No provenía del detector de humo. Ni de una luz de pilas. Sino de lo que parecía inconfundiblemente un láser.

Entonces lo comprendí: no se trataba solo de un anfitrión espiando a los huéspedes con un dispositivo de vigilancia oculto. Algo mucho más grave estaba sucediendo dentro de esa supuesta “casa de vacaciones”.

El Airbnb que no era
Cuanto más lo pensaba, más claro lo veía. Esa propiedad no era un alquiler vacacional real. No era un hogar acogedor abierto a viajeros para obtener ingresos extra.

Era una fachada.

Un montaje diseñado para vigilar, recopilar y quizás incluso rastrear a quienes se alojaban allí. Las “reseñas” que nos habían dado confianza probablemente eran falsas. Las fotos preparadas que nos habían hecho sentir seguros eran ilusiones cuidadosamente construidas.

No éramos simples visitantes en la casa de un desconocido. Éramos peones de algo que aún no entendíamos.

Rompiendo la Conexión
Esa noche condujimos durante horas, poniendo la mayor distancia posible entre nosotros y esa casa. Para cuando llegamos a un hotel en la siguiente ciudad, el agotamiento se había instalado, pero también un nuevo tipo de miedo.

Saqué el teléfono prepago barato que había usado para reservar el Airbnb. Sin dudarlo, lo rompí en pedazos. Era la única manera de asegurarme de que no nos rastrearan.