El mundo parecía tambalearse bajo mis pies. El corazón me latía con fuerza y, sin decir palabra, empecé a guardar nuestras pertenencias en las maletas. En cuestión de minutos, salimos por la puerta, conduciendo a toda velocidad para alejarnos de aquella casa que ya no parecía un hogar.
Del alivio al miedo
Paramos en un restaurante a dos pueblos de distancia, aparcamos bajo la intensa luz de los fluorescentes e intentamos respirar. Abrí mi portátil y escribí una reseña furiosa, advirtiendo a futuros viajeros sobre la cámara oculta que habíamos descubierto.
Esperaba silencio, o tal vez una negación, por parte del anfitrión. En cambio, minutos después, apareció una notificación.
El anfitrión había respondido.
“¡Insensato!”, comenzaba el mensaje. “Eso no era una cámara. Era el transmisor de nuestro sistema de seguridad privado. Ahora lo has roto, y vendrán a buscarlo”.
“¿Ellos?”
Esa sola palabra me dejó paralizada.
¿Quiénes eran? ¿Y por qué vendrían a por nosotros?
Me temblaban las manos mientras revisaba las fotos que había tomado antes del alojamiento. Quería pruebas, pruebas de que no estaba imaginando lo que había visto. Fue entonces cuando noté algo escalofriante en una de las imágenes: un tenue punto rojo reflejado en la cortina.
