Desde el inicio de la vacunación masiva contra la COVID-19, millones de personas en todo el mundo han accedido a las diversas dosis disponibles como herramienta clave para frenar la pandemia. La aplicación de estas vacunas redujo significativamente los casos graves, las hospitalizaciones y la mortalidad, marcando un punto de inflexión en la crisis sanitaria mundial. Con el tiempo, a medida que se acumulaban datos clínicos, comenzaron a circular informes de efectos secundarios poco frecuentes, lo que llevó a un análisis más profundo por parte de la comunidad científica.
Uno de los problemas que atrajo mayor atención fue la miocarditis, una inflamación del músculo cardíaco que, en algunos casos específicos, se detectó tras la administración de ciertas vacunas contra la COVID-19. La miocarditis no es una enfermedad nueva ni exclusiva de la vacunación: puede ocurrir como resultado de infecciones virales, respuestas inmunitarias o diversas afecciones médicas. En el contexto de las vacunas, los estudios indicaron que su aparición es poco frecuente y que, en la mayoría de los casos, tiene un pronóstico favorable.
Esta afección implica la inflamación del tejido cardíaco, que puede afectar temporalmente la capacidad del corazón para bombear sangre. Los especialistas señalan que los casos notificados tras la vacunación suelen ser leves y responden bien al tratamiento médico. Según la evidencia disponible, se observaron con mayor frecuencia en hombres jóvenes, especialmente menores de 30 años, y generalmente aparecieron unos días después de recibir la segunda dosis de vacunas de ARN mensajero, como las desarrolladas por Pfizer-BioNTech o Moderna.
