Una notificación ordinaria con un significado inimaginable.

Un alquiler de coche.

Mi corazón dio un vuelco, como si algo me hubiera agarrado por la espalda. El colmo del absurdo: un alquiler de coche. No la compra. No una factura. Algo deliberado. Algo activo.

El dolor se convirtió al instante en pánico.

Tomé las llaves y conduje sin pensar, con las manos temblando tanto que casi me paso la salida. La lógica me persiguió todo el camino: un retraso, un error, un fallo informático, cualquier cosa trivial y explicable que pusiera el universo en su lugar. Tenía su foto abierta en mi teléfono como un talismán, prueba de que nada de esto podía ser real.

En la agencia de alquiler, hablé demasiado rápido. El agente me escuchó con una cortesía distante, la que se usa cuando uno está a punto de disculparse por un error.

Entonces le enseñé su foto.

Algo cambió.

No fue sorpresa, sino algo peor. Reconocimiento.

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