“Te utilizó. Cuidándola gratis durante años, y esto es lo que te pasa. Espero que esto te sirva de lección”.
Me fui sin contestar.
La llamada que lo cambió todo
A la mañana siguiente, mi teléfono no dejaba de vibrar. Era Léa. Llorando. Presa del pánico.
“Tienes que venir. Ahora mismo.”
Cuando llegué a su casa, me explicó que de repente recordó algo que había dicho nuestra suegra: “Mis posesiones más preciadas están escondidas”. Léa había revuelto el apartamento sin encontrar nada.
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Entonces su mirada se posó en la planta.
Incómoda, volví a casa y saqué la planta de la maceta con cuidado.
La verdad oculta
En el fondo, escondida bajo la tierra, había una bolsa de plástico hermética, apta para congelar. Dentro: pesadas monedas de oro antiguas auténticas. Una herencia transmitida de generación en generación, destinada solo para emergencias extremas.
Valían mucho más que el dinero y el apartamento que le habían dejado a Léa.
En ese momento, todo cobró sentido.
